Cuándo nos sentimos inseguros?
En qué momento de nuestras vidas comprobamos en la práctica que estamos transitando en un camino de inseguridad.
Probablemente algunos piensen que es en el momento en que se regresa a la casa luego del trabajo, o de un día de esparcimiento o tras una semana de vacaciones.
Se bajan del auto temerosos de enfilar a la cerradura con la llave en mano. Luego de abrir la puerta se registran dos sensaciones: la de alivio, porque por suerte no pasó nada, lo que en realidad sería lo normal, y la de desazón por hallar una casa desordenada y comienza allí la cuenta de lo que hay para establecer qué es lo que falta.
Eso es una muestra práctica de inseguridad. No es sensación ni creencia de parte del vecino.
Ahora bien, con este panorama, cada ciudadano está esperando el momento de ser víctima y pone en práctica algunas actitudes que le generan algo así como seguridad propia, casera, elaborada en el marco de lo práctico y basado en la experiencia de los demás.
El ciudadano se enreja, coloca alarmas, apoya el sillón del living contra la puerta de entrada cada noche, verifica que su teléfono fijo ande bien y chequea que el celular tenga carga en la batería y suficiente señal. Eso en la normalidad de los casos. Se ha producido como una necesidad de prevenir individualmente al delito, a la luz que siempre los malvivientes tienen estrategias propias que burlan hasta la más aguda vigilancia policial.
Y en algunos casos eso no es todo. Hay quienes ponen un arma a mano, en su propia casa, de fácil alcance, por si algo… ocurre a la madrugada. El ciudadano común, al margen de tener un vigilador en la esquina, una reja en la ventana que da a la vereda y el mejor sistema de monitoreo de alarma, tiene un arma. No hay dudas. Y lo comenta entre sus conocidos, amigos y allegados. Ello no es bueno. Y se genera por la falta de seguridad pública. “Si entran a mi casa…. No se van vivos”. Es dicho corriente entre quienes alguna vez han sido víctima del robo o vivieron de cerca algún pasaje de inseguridad ciudadana que le quita el sueño. Y eso no está bien. No es posible que pensemos en ser justicieros cuando hay ciertos estamentos del gobierno que tienen que preocuparse y trabajar por la tranquilidad de la Población.
En las últimas horas Tres Arroyos ha sido noticia pública porque un policía hirió con su arma a un presunto ladrón. Probablemente nos llame la atención porque en la ciudad no tenemos tiroteos todos los días. Y el tema se constituyó en “la noticia” del día y la difundimos reiteradamente porque el vecino consume este tipo de información y le cala hondo porque proyecta en el tiempo lo que le pudiera pasar.
Hay segmentos de la comunidad de Tres Arroyos que está acorralada por el delito, está asolada por el delito. Y viene la gran pregunta: por qué? Porque no hay prevención?. Porque tenemos cinco móviles policiales menos? Porque 10 policías nuevos que iban a entrar, todavía no están disponibles? Porque estamos manejados por una policía cruda? Porque hay internas en las comisarías y las competencias de sectores que no van juntos se reflejan en la lucha inadecuada contra el delito? Porque la ley es blanda y los jueces demasiado garantistas? O porque la ley es ley y la interpretación de quienes tienen que aplicarla se produce desde el costado más cómodo para el trabajo de ejecutor de la justicia?
Y habrá muchas preguntas más, pero la que engloba la duda del vecino preocupado es una sola: “Hasta cuando?” y cuál será el precio final.
Un policía tuvo que sacar su arma, y en menos de un segundo pensar muchas cosas. Que van desde el lugar en el cual le va a pegar un tiro a quien lo agrede de cerca, en su familia, en su propia seguridad, en el sumario que se le viene encima, en la causa judicial, y en la eventualidad de perder su trabajo.
Si vamos al caso específico de lo pasado en la ciudad en las últimas horas hubo un esperado respaldo de la justicia al uniformado. “Actuó en el marco de su trabajo y no hay motivos para procesarlo”. Fueron palabras del fiscal que trajeron alivio. Había dudas y hasta se pensaba en la libertad del delincuente baleado y una complicación laboral por el policía que se la jugó y enfrentó decididamente al delito.
Pero no debería ser así. Volvemos a alertar sobre lo que en no pocas oportunidades hemos dicho: “que no llegue el momento en que empiecen a caer muertos de ambas partes”. Que no tengamos víctimas inocentes muertas y que tampoco llegue la necesidad de apretar el gatillo del policía para poner coto al delito que no se trabajó desde la prevención.
Si bien la Policía de Tres Arroyos tiene sus carencias, con varios móviles menos producto de la seguidilla de accidentes, con muchos efectivos que recién están conociendo la calle, con traslados momentáneos a la zona turística porque es necesario reforzar allí, debemos pensar en que lo que hay disponible deja lo mejor de si para el cumplimiento del deber.
Vienen momentos de definiciones en el ámbito del Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, que tendrán su reflejo en el accionar futuro de la fuerza. Cambiará el escalafón, se rediseñará el mapa de las departamentales, y se buscará devolverle al propio policía el espacio de respeto que siempre debió ocupar en la sociedad bonaerense.
Se cambiarán las responsabilidades de las comunales y los intendentes tendrán el manejo y político de la seguridad de cada municipio, pero no serán operativos, porque no están para eso.
Los límites entra la paciencia y el desborde ciudadano son cada vez menos y el hombre y la mujer argentina tiene una tremenda facilidad de agruparse para hacerse oír. Esa misma facilidad habría que utilizarla para encontrar soluciones en común.
Es muy difícil dar una conclusión a esta altura de los acontecimientos. Más vale una advertencia: preservemos la vida, luchemos por las garantías individuales de los hombres y mujeres de bien, abrámosle la mente a la Justicia y a quienes tienen el poder de aplicarla y evitemos tener que comentar a corto plazo que la muerte pueda ser el desenlace inesperado del delito. |