Vivir con sabiduría.

Hace apenas unos meses me hice un regalo, fui a visitar la casa que fue de mis abuelos. Entre sus paredes había dejado un poco de infancia, algo de magia y creí necesario evocar las esas siestas calurosas en las que compartíamos con el viejo una tajada de sandía sin que nos descubrieran. Con el abuelo teníamos muchos secretos…

La semana pasada fui a ver a los abuelos Capristo, a Telma y a José. Ustedes recuerdan ellos fueron sorprendidos en la madrugada del 26 de febrero cuando dos ladrones entraron a su casa por la ventana de la cocina. Encontré a dos sabios. Telma preparó el mate enseguida, la tarde estaba lluviosa y había hecho tortas fritas. Un clima ideal para una charla maravillosa. Yo sé que estarán pensando como es que hablar de un tema tan horrible puede resultar muy bello. Muy simple, ellos tienen una actitud tan positiva y son tan abiertos, que la conversación fluye sin forzar nada.

Los detalles de la tortura ya salieron en las noticias, no hacía falta rememorar momentos feos, eso lo pactamos de antemano, lo que a mí me interesaba era como seguía la vida de los abuelos, que piensan ahora que ya pasaron unos días y como se cuidan. José tiene 87 años, casi toda su vida trabajó haciendo ladrillos, ahora está jubilado, Telma también se jubiló, hoy tiene 80 años, durante mucho tiempo cuidó niños y realizó otras tareas, pero nadie le hizo los aportes correspondientes, está contenta con la medida del gobierno de jubilar a los que trabajaron durante toda su vida sin que los empleadores se ocuparan de sus futuros. No les sobra nada, pero viven cómodos y mimados por hijos, nietos y bisnietos. Se casaron hace sesenta años y están orgullosos de la familia que supieron formar. Son abuelos muy informados, a las seis de la mañana encienden la radio y sintonizan Lu 24 y como a casi todos, les pasó que nunca pensaron que les iba a tocar vivir una situación tan difícil. “Uno escucha lo que pasa, pero no cree que le toque”, dice Telma mientras me alcanza otro mate. “Ahora nos cuidamos, siempre nos cuidamos, pero nos sacaron las rejas, no tienen reparos en hacer daño, ya no se sabe como hacer para evitar esto”, agrega José.

Cuando les pregunto respecto a los motivos de la agresividad que mostraron los ladrones, ellos son muy claros respecto a sus convicciones: “todo está así, todos son agresivos, la vida ha cambiado mucho, hoy mira uno la televisión y en cualquier programa se ve como se pelean, los padres no educan a sus hijos, no les ponen límites, antes había respeto hacia los mayores, no podemos esperar nada porque hay una crisis de valores, a los viejos no se los respeta, no respetan ni la investidura presidencial, uno puede estar de acuerdo o no con Cristina, pero no faltarle el respeto como se ve hoy día… Así se educan los niños hoy, viendo lo que hacen los padres, el más chico que entró a casa, el que es menor, era el peor, rompía todo y gritaba”, dice José con tristeza. “En un momento se cayó una cajita de música que yo guardo hace años y empezó a sonar entonces le puso el pie encima y la destrozó, yo no sé que se hace con un jovencito así”, agrega Telma casi con ternura.

Los abuelos saben que Guillermo Huertas, el mayor de los agresores quedó detenido. “Es muy joven también, tiene veintiocho años, pobre muchacho… Nosotros no les deseamos mal a ninguno de los dos, nos dan mucha pena que tengan una vida así”… Dice Telma y José agrega: “ya está olvidado, hay que mirar para adelante y acordarse de esto como una anécdota, nosotros nos reímos porque ya había llegado la policía y yo seguía atado”. Ellos se ríen compartiendo el recuerdo de una mala noche, yo los miro y no puedo evitar contagiarme de esa magia que tienen para no detenerse en cosas malas y mirar al futuro con tanto optimismo. Son un ejemplo a seguir, ellos nada más agradecen a todos y fueron muy insistentes con esto. “A nuestra familia que no los dejaron solos, a los vecinos, porque no hubo ningún vecino que no se acercara y nos preguntara como estábamos y si necesitábamos algo, a gente que hacía años no veíamos, a nuestro médico, el doctor Cassataro, que nos llamó cuando se enteró, a la policía que nos trató muy bien y que llegaron en el momento justo, a los Medios, a la Justicia y a la persona que llamó porque oía ruidos extraños en casa”.

Me fui de la casa de Telma y José con el alma llena de alegría de verlos bien, tan enteros, tan vitales… Mientras caminaba bajo la lluviecita tímida de este marzo bueno, me di cuenta que después de varios meses de aquella visita que les contaba hice a la casa de mis abuelos, por fin había encontrado lo que buscaba. Otras manos, otras palabras, otros consejos y otras miradas, pero la misma sabiduría que tenía el viejo que se fue hace muchos años.